jueves, 10 de febrero de 2011

Recuerdos

Se oye un eco de silencio en la sala. Hace frío. Mis manos cuarteadas apoyadas en el alfeizar de la ventana notan la humedad de la piedra, cuarteadas como mi propio corazón.
Miro el lejano horizonte mientras el sol llega a su ocaso, sol barado en el llano castellano.
Las aves surcan el cielo suavemente, acariciándolo, bailando su música incesante y melancólica del día que llega a su clímax.
Ya no oigo el silencio. En la desierta habitación empiezan a formarse murmullos de lo que un día fueron voces conocidas, el eco de mi memoria enllagada por la ausencia. Suenan a alegría, a confidencia, a cariño.
Los jóvenes apasionados comparten un beso largo, profundo. Mientras, su piel se estremece llegando incluso a erizarse su vello. No solamente es pasión, es amor. Los ojos cerrados hacen que la mente viaje a un estado casi divino donde no hay más mundo que el que se cierne frente a dos personas. Afloran momentos precisos. Cómo nos conocimos, nuestro primer beso.
La paz se quiebra por una llamada al teléfono. Otra vez esa tal Verónica. Es la tercera vez en esta semana que le llama. Le miro a los ojos pero ya no me siento tranquila, tengo miedo de perderle. Mi amor es tan grande que no conozco libertad sino la de estar presa en él, cuyo nombre no puedo oir sin que me produzca escalofrío. Su sonrisa es cómplice y a la vez esconde turbios pensamientos. Pensamientos de engaño. Vámonos al cine dice él mientras agarra mi mano fuertemente y me empuja a salir de mis ensoñaciones.

Los momentos que nos marcan se plasman en la memoria como un cuadro famoso en la retina, un Van Huys quizás.
El pasado me queda vacío. Lo que pudo haber sido y no fue. La vida cambió de rumbo y no tardó mucho en despegarme de su regazo. Me quedaron heridas profundas, heridas de sentir que lo vivido no es más que el papel de un buen actor. No me duelen los golpes, me duelen las mentiras.

Con los años encontré un buen hombre que me hacía feliz. Tuve unos hijos fuertes y sanos que además de alegrías me hacen sentirme orgullosa de ser su madre, pero jamás volví a sentir esa pasión que me nublaba la consciencia.

Vuelvo la vista atrás y sólo veo la pared de la habitación vacía. Nostalgia lo llaman. No sé, pero nunca he conseguido olvidar esos momentos.

Mientras siento el tacto rugoso de la piedra, veo como el sol llega a sus últimos instantes. El atardecer es un bonito símil de la vida. Observo como el mundo cercano a mi se va sumiendo en una plácida oscuridad, mientras yo, vuelvo la vista a la habitación vacía que un día se llenó de murmullos de pasado, de un intento desesperado por encontrar el sentimiento que todos anhelamos, y observo el rincon oscuro y solitario.
Las arrugas vetean mi rostro y los constantes dolores de la vejez recorren mi cuerpo hasta que llegan a mi sofocado y veterano corazón atravesado de recuerdos. Sé que no me queda mucho tiempo. Voy despidiéndome de los mios mientras me despido de mi misma, rogando al cielo que borre de mi memoria esos recuerdos de pasado que enturbian mi alma, deseosa de reposar tranquila en el mar de sentimientos que una vez sentí mientras besaba los labios de aquel hombre que un día me hizo feliz.

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